^Lycan`S ^ ApocalipsiS^ ^La Jauria^

Muestrame tu cuello y deja, que mis colmillos, rompan, la piel que impide que tu sangre sea para mi
MIEMBROS EN EL GRUPO
MENSAJES EN EL MURO

 

   ^Lycan`S ^ ApocalipsiS^
Ψ^LA JAURIA^Ψ  

 

 

 

 

 

SPOT PUBLICITARIO DEL CLUB

 

 

Nuevo logo

 

 

 

 

El día que la perrita Laika fue enviada al espacio

El satélite Sputnik 2 fue lanzado al espacio el 3 de noviembre de 1957 a las 19:12h desde el Cosmódromo de Baikonur. Era el segundo satélite artificial que la Unión Soviética ponía en órbita, después del éxito alcanzado un mes antes con el Sputnik 1. La diferencia con el primer lanzamiento radicaba en que en el interior del Sputnik 2 iba el primer ser vivo que viajaba al espacio. Se trataba de una perrita, que ha pasado a la historia como Laika, y que había sido encontrada poco tiempo antes vagabundeando por las calles moscovitas.

El gobierno soviético estaba en plena celebración de su 40º aniversario de la Revolución Bolchevique, en una época en la que la Guerra Fría frente al bloque occidental (liderado por los Estados Unidos) estaba en uno de sus momentos de mayor auge y tensión. El intento de ser los primeros en viajar al espacio, mandar misiones tripuladas y, en definitiva, ganar la carrera espacial, era de vital importancia para los planes de la URSS y sus máximos mandatarios.

A pesar de que el lanzamiento, y viaje espacial de Laika, fue vendido por los soviéticos como un auténtico éxito (el Sputnik 2 estuvo orbitando 163 días), cabe destacar que la perrita tan solo sobrevivió dentro del satélite apenas siete horas (algunas fuentes indican que cinco), dato que no fue conocido realmente hasta el añ o 2002, debido a que durante todos los añ os transcurridos la información interna sobre el tema se mantuvo clasificada.

Por último, queda indicar que el nombre real de la perrita era Kudryavka [????????] cuya traducción al español es Rizadita. Laika es el nombre genérico de la raza.

 _______________________________________________________

 

EL PERRO DE DOS CABEZAS

 

Vladimir Demikhov era un científico ruso que fue un pionero en la ciencia del trasplante de órganos, pero todos lo recuerdan por el extraño caso de su perro de dos cabezas. Realizó muchos experimentos de trasplante de órganos, la mayoría de ellos en perros, realizando otros experimentos como separar sus cuerpos y trasplantarlos en el cuerpo de otro perro.

 

Los principios del trasplante de órganos

Demikhov se hizo famoso entre los añ os treinta y cincuenta debido a sus trabajos en hospitales durante la Segunda Guerra Mundial, tiempo en el que se le ocurrió que tal vez era posible trasplantar corazones y pulmones humanos.

Hasta le fecha muchos consideran el trasplante de órganos como algo malo o extraño, así que imagina cómo fue para Vladimir Demikhov convencer que esto era posible. Tuvo la fortuna de vivir en los tiempos de Stalin, el cual proporcionó hospitales secretos para experimentar con el trasplante de órganos y la prolongación de la vida.

En 1960 publicó su primer trabajo científico en la trasplantología, siendo uno de los trabajos más importantes de la medicina en el campo del trasplante de órganos que conocemos hoy en día.

Sus experimentos lo condujeron a crear al famoso «perro de dos cabezas», el cual era un perro completo con la cabeza y las patas frontales de otro perro adheridos a su lomo.

El resultado fue algo que parece salido de una película de terror: un perro con dos cabezas con movilidad independiente. Impresionante, pero por algunos días y, como máximo, un par de meses.

A un perro pequeño se le hacía una incisión en la base del cuello exponiendo la arteria yugular, la aorta y una parte de la columna espinal para ser juntadas con las venas principales del perro más grande, compartiendo así varios vasos sanguíneos y el corazón.

El experimento se realizó muchas veces durante añ os para perfeccionar la técnica. Esto sirvió de inspiración para los experimentos con monos y una «carrera» más entre Estados Unidos y Rusia durante la Guerra Fría.

El legado de Demikhov

El doctor Robert White, famoso por el trasplante de cabezas en monos, se inspiró en los experimentos de Vladimir Demikhov para realizar el trasplante de cabeza en un mono hacia otro. Aunque estos monos estaban paralizados del cuello para abajo, podían escuchar, ver, oler, comer y seguir objetos con sus ojos. A pesar de ese margen de éxito, los monos murieron después de nueve días.

Además, los trabajos de Demikhov sirvieron para mejorar los procedimientos de trasplante de órganos que se usan hoy en día para salvar millones de vidas. Esto no se le reconoce del todo, ya que los procedimientos son considerados barbáricos y muy extraños; altamente condenados por crueldad animal.

Muchas veces esta clase de experimentos descabellados es lo que se ocupa para ser un pionera en la ciencia, ya que, por más extraños que se consideren, sería aún peor que se hubieran realizado en humanos por primera vez, ¿no lo crees? ¿Tú qué opinas al respecto?

 

____________________-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------_________________________

 

LA EVOLUCIÓN DEL PERRO
Hace 70 millones de añ os se produce el dominio de los mamíferos sobre los reptiles y aparecen sobre la tierra muchos cánidos con morfología muy diversas, algunos se parecen a los osos, otros a hienas, otros similares a los felinos y también hubo de dimensiones minúsculas hasta gigantes, de todas estas variedades solamente evolucionaron algunas y en el curso de los setecientos mil siglos la mayoría se fue extinguiendo, por esta razón es difícil rastrear una filiación del perro con garantías suficientes de certeza en sus ancestros, entonces la pregunta es ¿ cuál es el perro más antiguo que se pueda encontrar en la evolución del mundo?. Un gran número de paleontólogos coinciden como el antepasado del perro al Cynodictis que vivió entre sesenta y cuarenta millones de añ os en Europa y Asia. En el continente americano aparece hace unos veinticinco millones de años una forma más evolucionada denominado Pseudocynodictis estrechamente emparentado con elCynodictis europeo.

El Cynodictis se presentó en varias especies pero en general su aspecto anatómico era de un cuerpo largo, flexible, con miembros relativamente cortos, provistos de cinco dedos y dotados de uñas parcialmente retráctiles mostrando características muy primitivas.

Luego, hace unos 10 millones de años en América del Norte vivió otro perro, el Daphoenus que sus características eran de una mezcla entre perro y gato, ya que su esqueleto se asemeja al de un felino pero su cráneo al de un perro o lobo, luego aparece el Mesocyon del que se conocen varias especies, muchos paleontólogos consideran al Mesocyon como el antepasado directo de otros dos cánidos el Cynodesmus, un corredor por excelencia y el Tomarctus, cuyo cráneo se asemeja a las variedades caninas actuales que también era un buen corredor y con aspecto de tejón.

 

 

        

 

El canis , término con el cual además del can doméstico, se designa al lobo, el chacal, el zorro, es decir todas las especies pertenecientes al género Canis aparece en Europa, Asia y África hace diez millones de años y en América del Norte hace apenas un millón de años.

En Europa se han hallado restos de cánidos, descendientes de los antiguos animales ya nombrados y muy emparentados con los cánidos, entre ellos el Canis falconeri, un lobo aunque con un cuerpo grande pero no muy feroz, que lo asemejaba por sus hábitos alimenticios (carroña) a una hiena aunque su apariencia era de lobo, luego estaba el Canis arnensis de aspecto exterior semejante a el chacal .
El lobo denominado Canis lupus apareció hace cinco millones de años aunque era un carnívorode tamaño más pequeño que el lobo actual, muchos creen que el antepasado más reciente del perro fue el lobo, lo cual no carece de fundamento la discusión está en que puede parecer extraño por ejemplo, un lobo y un pequines puedan pertenecer a la misma especie pero existe al teoría de probables mutaciones debido a diferencias de alimentación. También se sostiene que en la evolución del perro actual hubo innumerables cruzas entre perros con sangre de lobo y perros con sangre de chacal.

Evolución del perro de la prehistoria a la era cristiana

40 millones de años

Cynodictis europeo: Antepasado de los cánidos, osos y mapaches.
Aparición del Daphoenus y del Cynodesmus en el continente americano.

15 a 10 millones de años

Aparece el Tomarctus, descendiente del Cynodesmus. Probable antepasado de todos los perros.

500.000 años a. de J.C.

Hombre prehistórico.

200.000 mil años a. de J.C.

Aparición en Alemania y América del Canis lupus (lobo), del Canis sinensis en China, del coyote en América del Norte, del zorro y el chacal en Europa.

 

 

30.000 a 15.000 años a. de J.C.

Época denominada de la "gran caza". No existen representaciones de perros en los frescos rupestres.

15.000 a 10.000 años a. de J.C.

Aparición del perro doméstico. Frescos en España. Esqueletos de perros y hombres descubiertos en Rusia en Afontova-Gora. Perro sin orejas y cola larga. Grabado rupestre de la Cueva de la Vieja en Algera, España.

 

 

De lobo a perro: la idea de la auto-domesticación

Hasta hace muy poco, la opinión más común en la comunidad científica sobre la evolución de estos cánidos, estaba basada en la teoría formulada por Francis Galton. De acuerdo con este estudioso británico, fueron los humanos los que domesticaron a los lobos. Según Galton, este proceso comenzó cuando los humanos llevaron cachorros a sus campamentos y los adoptaron como mascotas.

 

En la actualidad, se considera que la teoría de Galton muestra claras limitaciones para explicar la compleja relación establecida entre los seres humanos y los perros. Por ejemplo, descuida el hecho de que la transformación del lobo en perro fue un proceso que debió haber durado miles de años. Los científicos también piensan que la convivencia en campamentos humanos no es suficiente para explicar satisfactoriamente tan profundo cambio en la naturaleza de los lobos. Por eso ahora hablamos de la hipótesis de la auto-domesticación: los primeros humanos dejaban al borde de sus asentamientos restos de animales que atraían predadores, como los lobos. Los más valientes de estos animales se acercarían, supuestamente iniciando con este gesto la milenaria relación del lobo con el hombre. Gracias al alimento provisto por los humanos y a su confianza cada vez mayor en el hombre, que le permitía acercarse y comer, los lobos se fortalecieron y se multiplicaron, adoptando nuevos roles junto a los humanos como pastores, guardianes y compañeros de caza.

Un estudio llevado a cabo por científicos de la Universidad de Aberdeen, Escocia, respalda este enfoque de la evolución. Por medio de la comparación de esqueletos de perros y lobos dispersos entre museos y colecciones privadas de todo el mundo, los científicos descubrieron claras evidencias del proceso de domesticación. Sus estudios revelaron, por ejemplo, al aplanamiento de las puntas de las vértebras dorsales en los perros prehistóricos como un resultado del transporte de cargas pesadas en las espaldas de estos animales. Así mismo, la falta de los molares en la mandíbula inferior de los esqueletos de perro, pudo deberse al uso de bridas en sus bocas colocadas para ser usados como fuerza de remolque.

 

 

El sabueso.

 

 


The Hound, H.P. Lovecraft

(1890-1937)

En mis lacerados oídos palpitan incesantemente un chillido y un aleteo de pesadilla, y un breve ladrido lejano, como el de un descomunal sabueso. No es un sueño... y temo que tampoco sea locura, ya que son muchos los hechos que me han acaecido para que pueda permitirme esas piadosas dudas.

 

St. John es un cadáver destrozado; únicamente yo sé por qué, y la naturaleza de mi conocimiento es tal que estoy a punto de volarme la cabeza por terror a ser destrozado de la misma manera. En los oscuros e interminables pasillos de la horrible fantasía se pasea Némesis, la diosa de la venganza negra, que me incita a la aniquilación.


 experiencias y aventuras personales. Aquella espantosa necesidad de emociones nos condujo .

eventualmente por el detestable sendero que incluso en mi actual estado de desesperación menciono con vergüenza y timidez: el odioso sendero de los saqueadores de tumbas

No puedo revelar los detalles de nuestras brutales expediciones, ni nombrar el valor de los trofeos que adornaban el anónimo museo que creamos en la monolítica casa donde vivíamos St. John y yo, solos y sin criados. Nuestro museo era un lugar sacrílego, increíble, donde con el gusto satánico habíamos reunido un universo de terror y de putrefacción para excitar nuestras viciosas sensibilidades. Era una estancia secreta, subterránea, donde unos enormes demonios alados esculpidos en basalto y ónice vomitaban por sus bocas abiertas una extraña luz verdosa y anaranjada, en tanto que unas tuberías ocultas hacían llegar hasta nosotros los olores que nuestro estado de ánimo apetecía: a veces el perfume de pálidos lirios fúnebres, a veces el narcótico incienso de unos funerales en un imaginario templo oriental, y a veces (¡cómo me estremezco al recordarlo!) la espantosa fetidez de una tumba descubierta.

Alrededor de las paredes de aquella repulsiva habitación había féretros de antiguas momias alternando con hermosos cadáveres que tenían una apariencia de vida, perfectamente embalsamados por el arte del moderno, y con lápidas mortuorias arrancadas de los cementerios más antiguos del mundo. Aquí y allá, unas vasijas contenían cráneos de todas las formas, y cabezas conservadas en diversas fases de descomposición.

Había estatuas y cuadros, todos perversos y algunos realizados por St. John y por mí mismo. Un portafolio cerrado, encuadernado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos atribuidos a Goya y que el artista no se había atrevido a publicar. Había allí nauseabundos instrumentos musicales, de cuerda, de metal y de viento, en los cuales St. John y yo producíamos a veces disonancias de exquisita morbosidad y diabólica lividez; y en una multitud de armarios de caoba reposaba la más increíble colección de objetos sepulcrales nunca reunidos por la locura y perversión humanas. Acerca de esa colección debo guardar un especial silencio. Afortunadamente, tuve el valor de destruirla mucho antes de pensar en destruirme a mí mismo.

Las expediciones, en las cuales recogíamos nuestros tesoros, eran siempre memorables acontecimientos desde el punto de vista artístico. No éramos vulgares vampiros, sino que trabajábamos únicamente bajo determinadas condiciones de humor, paisaje, medio ambiente, tiempo, estación del añ o y claridad lunar. Aquellos pasatiempos eran para nosotros la forma más exquisita de expresión, y brindábamos a sus detalles un minucioso cuidado. Una hora inadecuada, un pobre efecto de luz o una torpe manipulación del húmedo césped, destruían para nosotros la fervorosa emoción que acompañaba a la exhumación. Nuestra búsqueda de nuevos escenarios y condiciones excitantes era febril e insaciable. St. John abría siempre la marcha, y fue él quien descubrió el maldito lugar que acarreó sobre nosotros una espantosa e inevitable fatalidad.

¿Qué espantoso destino nos atrajo hasta aquel horrible cementerio holandés? Creo que fue el oscuro rumor, la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que en su época fue un saqueador de tumbas y había robado un valioso objeto del sepulcro de un poderoso. Recuerdo la escena en aquellos momentos finales: la pálida luna otoñal sobre las tumbas, proyectando sombras alargadas y horribles; los grotescos árboles, cuyas ramas descendían tristemente hasta unirse con el descuidado césped y las estropeadas losas; las legiones de murciélagos que volaban contra la luna; la antigua capilla cubierta de hiedra y apuntando con un dedo espectral al pálido cielo; los insectos que danzaban como fuegos fatuos bajo las tejas de un alejado rincón; los olores a humedad, a vegetación y a cosas menos explicables que se mezclaban débilmente con la brisa nocturna procedente de lejanos mares y pantanos; y, lo peor de todo, el triste aullido de algún gigantesco sabueso al cual no podíamos ver. Al oírlo nos estremecimos, recordando las leyendas de los campesinos, ya que el hombre que tratábamos de localizar había sido encontrado hacía siglos en aquel mismo lugar, destrozado por las zarpas y los colmillos de un execrable animal.

Luego, nuestros azadones chocaron contra una sustancia dura, y no tardamos en descubrir una pútrida caja de forma oblonga. Era increíblemente recia, pero tan antigua que conseguimos abrirla.

Mucho era lo que quedaba del cadáver a pesar de los quinientos añ os transcurridos. El esqueleto, aunque quebrado en algunos sitios por las mandíbulas del ser que le había producido la muerte, se mantenía unido con asombrosa firmeza, y nos inclinamos sobre el descarnado cráneo con sus largos dientes y sus cuencas vacías en las cuales habían brillado unos ojos con una fiebre semejante a la nuestra. En el ataúd había un amuleto de exótico diseño que, al parecer, estuvo colgado del cuello del durmiente. Representaba a un sabuesoalado, o a una esfinge con un rostro semicanino, y estaba exquisitamente tallado al antiguo gusto oriental en un pequeño trozo de jade verde. La expresión de sus rasgos era sumamente repulsiva, de bestialidad y odio. En torno de la base llevaba una inscripción en unos caracteres que ni St. John ni yo pudimos identificar; y en el fondo, como un sello de fábrica, aparecía grabado un grotesco y formidable cráneo.

En cuanto vimos el amuleto supimos que debíamos poseerlo. Aun en el caso que nos hubiera resultado completamente desconocido lo hubiéramos deseado, pero al mirarlo de más cerca nos dimos cuenta de que nos parecía familiar. En realidad, era ajeno a todo arte y literatura conocida por lectores cuerdos y equilibrados, pero nosotros reconocimos en el amuleto la cosa sugerida en el prohibido Necronomicon del árabe loco Adbul Alhazred; el horrible símbolo del culto de los devoradores de cadáveres de la inaccesible Leng, en el Asia Central. No nos costó ningún trabajo localizar los siniestros rasgos descritos por el antiguo demonólogo árabe; unos rasgos extraídos de alguna oscura manifestación sobrenatural de las almas de aquellos que fueron vejados y devorados después de muertos.

Apoderándonos del objeto de jade verde, dirigimos una última mirada al cavernoso cráneo de su propietario y cerramos la tumba, volviendo a dejarla tal como la habíamos encontrado. Mientras nos marchábamos apresuradamente del horrible lugar, con el amuleto en el bolsillo de St. John, nos pareció ver que los murciélagos descendían en tropel hacía la tumba que acabábamos de profanar, como si buscaran en ella algún repugnante alimento. Pero la luna de otoño brillaba muy débilmente, y no pudimos saberlo a ciencia cierta.

Al día siguiente, cuando embarcábamos en un puerto holandés para regresar a nuestro hogar, nos pareció oír el leve y lejano aullido de algún gigantesco sabueso. Pero el viento de otoño gemía tristemente, y no pudimos saberlo con seguridad.

Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglaterra comenzaron a suceder cosas muy extrañas. St. John y yo vivíamos como reclusos; sin amigos, solos y en unas cuantas habitaciones de una antigua mansión, en una región pantanosa y poco frecuentada; de modo que en nuestra puerta sonaba muy raramente la llamada de un visitante.

Ahora, sin embargo, estábamos preocupados por lo que parecía ser un frecuente roce en medio de la noche, no sólo alrededor de las puertas, sino también alrededor de las ventanas, lo mismo en las de la planta baja que en las de los pisos superiores. En cierta ocasión imaginamos que un cuerpo voluminoso y opaco oscurecía la ventana de la biblioteca cuando la luna brillaba contra ella, y en otra ocasión creímos oír un aleteo no muy lejos de la casa. Una minuciosa investigación no nos permitió descubrir nada, y empezamos a atribuir aquellos hechos a nuestra imaginación, turbada aún por el leve y lejano aullido que nos pareció haber oído en el cementerio holandés. El amuleto de jade reposaba ahora en nuestro museo. Leímos mucho en el Necronomicón de Alhazred acerca de sus propiedades y acerca de las relaciones de las almas con los objetos que las simbolizan y quedamos desasosegados por lo que leímos.

Luego llegó el terror.

La noche del 24 de septiembre de 19... oí una llamada en la puerta de mi dormitorio. Creyendo que se trataba de St. John lo invité a entrar, pero sólo me respondió una espantosa risotada. En el pasillo no había nadie. Cuando desperté a St. John y le conté lo ocurrido, manifestó una absoluta ignorancia del hecho y se mostró tan preocupado como yo. Aquella misma noche, el leve y lejano aullido sobre las soledades pantanosas se convirtió en una espantosa realidad.

Cuatro días más tarde, mientras nos encontrábamos en el museo, oímos un cauteloso arañar en la única puerta que conducía a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestra alarma aumentó, ya que, además de nuestro temor a lo desconocido, siempre nos había preocupado la posibilidad de que nuestra extraña colección pudiera ser descubierta. Apagando todas las luces, nos acercamos a la puerta y la abrimos bruscamente de par en par; se produjo una extraña corriente de aire y oímos, como si se alejara precipitadamente, una rara mezcla de susurros. En aquel momento no tratamos de decidir si estábamos locos, si soñábamos o si nos enfrentábamos con una realidad. De lo único que sí nos dimos cuenta, con la más negra de las aprensiones, fue que los balbuceos aparentemente incorpóreos habían sido proferidos en idioma holandés.

Después de aquello vivimos en medio de un creciente horror, mezclado con cierta fascinación. La mayor parte del tiempo nos ateníamos a la teoría de que estábamos enloqueciendo a causa de nuestra vida de excitaciones anormales, pero a veces nos complacía más dramatizar acerca de nosotros mismos y considerarnos víctimas de alguna misteriosa y aplastante fatalidad. Las manifestaciones extrañas eran ahora demasiado frecuentes para ser contadas. Nuestra casa solitaria parecía sorprendentemente viva con la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos intuir, y cada noche aquel demoníaco aullido llegaba hasta nosotros, cada vez más claro y audible. El 29 de octubre encontramos en la tierra blanda debajo de la ventana de la biblioteca una serie de huellas de pisadas completamente imposibles de describir.

El horror alcanzó su culminación el 18 de noviembre, cuando St. John, regresando a casa al oscurecer, procedente de la estación del ferrocarril, fue atacado por algún espantoso animal y murió destrozado. Sus gritos habían llegado hasta la casa y yo me había apresurado a dirigirme al lugar: llegué a tiempo de oír un extrañ o aleteo y de ver una vaga forma negra silueteada contra la luna que se alzaba en aquel momento.

Mi amigo estaba muriendo cuando me acerqué a él y no pudo responder mis preguntas de un modo coherente. Lo único que hizo fue susurrar:

-El amuleto..., aquel maldito amuleto...

Y exhaló el último suspiro, convertido en una masa inerte de carne lacerada.

Lo enterré al día siguiente en uno de nuestros descuidados jardines, y murmuré sobre su cadáver uno de los extraños ritos que él había amado en vida. Y mientras pronunciaba la última frase, oí a lo lejos el débil aullido de algún gigantesco sabueso. La luna estaba alta, pero no me atreví a mirarla. Y cuando vi sobre el pantano una ancha y nebulosa sombra que volaba, cerré los ojos y me dejé caer al suelo, boca abajo. No sé el tiempo que pasé en aquella posición. Sólo recuerdo que me dirigí temblando hacia la casa y me prosterné delante del amuleto de jade verde.

Temeroso de vivir solo en la antigua mansión, al día siguiente me marché a Londres, llevándome el amuleto, después de quemar y enterrar el resto de la impía colección del museo. Pero al cabo de tres noches oí de nuevo el aullido, y antes de una semana comencé a notar unos extraños ojos fijos en mí en cuanto oscurecía. Una noche, mientras paseaba por el Malecón Victoria, vi que una sombra negra oscurecía uno de los reflejos de las lámparas en el agua. Sopló un viento más fuerte que la brisa nocturna y, en aquel momento, supe que lo que había atacado a St. John no tardaría en atacarme a mí.

Al día siguiente empaqué el amuleto de jade verde y viajé hacia Holanda. Ignoraba lo que podía ganar devolviendo el objeto a su silencioso y durmiente propietario; pero me sentía obligado a intentarlo todo con tal de evadir la amenaza que pesaba sobre mi. Lo que pudiera ser el sabueso, y los motivos para que me hubiera perseguido, eran preguntas todavía vagas; pero yo había oído por primera vez el aullido en aquel antiguo cementerio, y todos los hechos siguientes, incluido el moribundo susurro de St. John, habían servido para relacionar la maldición con el robo del amuleto. En consecuencia, me hundí en la desesperación cuando, en una posada de Róterdam, descubrí que los ladrones me habían despojado de aquel único medio de salvación.

Aquella noche, el aullido fue más audible, y por la mañana leí en el periódico un espantoso suceso en el barrio más pobre de la ciudad. En una miserable vivienda habitada por unos ladrones, toda una familia había sido despedazada por un animal desconocido que no dejó ningún rastro. Los vecinos habían oído durante toda la noche un leve, profundo e insistente sonido, semejante al aullido de un gigantesco sabueso.

Al anochecer me dirigí de nuevo al cementerio, donde una pálida luna invernal proyectaba espantosas sombras, y los árboles sin hojas inclinaban tristemente sus ramas hacia la marchita hierba y las estropeadas losas. La capilla cubierta de hiedra apuntaba al cielo un dedo burlón y la brisa nocturna gemía de un modo monótono procedente de helados marjales y frígidos mares. El aullido era ahora muy débil y cesó por completo mientras me acercaba a la tumba que unos meses antes había profanado, ahuyentando a los murciélagos que habían estado volando curiosamente alrededor del sepulcro.

No sé por qué había acudido allí, a menos que fuera para rezar o para murmurar disculpas al tranquilo esqueleto que reposaba en su interior; pero, más allá de mis motivos, ataqué el suelo medio helado con una desesperación tanto mía como de una voluntad dominante ajena a mí mismo. La excavación resultó fácil, aunque en un momento me encontré con una extraña interrupción: un esquelético buitre descendió del frío cielo y picoteó frenéticamente en la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de azada. Finalmente dejé al descubierto la caja oblonga y saqué la enmohecida tapa.

Aquél fue el último acto racional que realicé.

Ya que en el interior del viejo ataúd, rodeado de enormes y soñolientos murciélagos, se encontraba lo mismo que mi amigo y yo habíamos robado. Pero ahora no estaba limpio y tranquilo como lo habíamos visto entonces, sino cubierto de sangre reseca y de jirones de carne y de pelo, mirándome fijamente con sus cuencas fosforescentes. Sus colmillos ensangrentados brillaban en su boca entreabierta en un rictus burlón, como si se mofara de mi inevitable ruina. Y cuando aquellas mandíbulas dieron paso a un sardónico aullido, semejante al de un gigantesco sabueso, y vi que en sus sucias garras empuñaba el perdido y fatal amuleto de jade verde, eché a correr; gritando estúpidamente, hasta que mis gritos se disolvieron en estallidos de risa histérica.

La locura viaja sobre el viento..., garras y colmillos afilados en siglos de cadáveres..., la muerte en una bacanal de murciélagos procedentes de las ruinas de los templos enterrados de Belial... Ahora, a medida que oigo mejor el aullido de la descarnada monstruosidad y el maldito aleteo resuena cada vez más cercano, yo me hundo con mi revólver en el olvido, mi único refugio contra lo desconocido.


H.P. Lovecraft (1890-1937)







BE

WELCOME

 


 

 

 

 

 

la raza de perro más bonita del mundo. Se le conoce como Pomsky, cruce de Pomerania y husky que resulta tan bonito como versátil.

 Generalmente la madre es un Husky mientras el padre del cachorro es un Pomerania, todo para evitar complicaciones en el parto debido al tamaño de la camada. Debido a la lindura que ellos reflejan se han hecho muy populares entre los amantes de los perros, sin embargo estos animales aun no son reconocidos como raza por ningún club oficial emisor de pedigree y por tanto sus estándares no están oficialmente fijados.

Gracias a que goza de las mejores cualidades de ambas razas, el cruce husky y Pomerania cuenta con un aspecto similar al del primero, solo que en miniatura y un poco más redondo

 

 

El grupo tiene un nuevo miembro: Adri_29.

Hace 1 año y 4 meses
El grupo tiene un nuevo miembro: Defeatcynophobia.

Hace 1 año y 8 meses
El grupo tiene un nuevo miembro: Gatitooo.

Hace 1 año y 10 meses
El grupo tiene un nuevo miembro: Coelli.

Hace 1 año y 10 meses
El grupo tiene un nuevo miembro: avazquez.

Hace 1 año y 10 meses
El grupo tiene un nuevo miembro: ZGray.

Hace 1 año y 10 meses
El grupo tiene un nuevo miembro: nelse.

Hace 1 año y 10 meses
El grupo tiene un nuevo miembro: .

Hace 1 año y 10 meses

Full competencias categorias 3, 2 , 1 y B todas las disciplinas aprovechen falta 1 puesto en todas

Hace 1 año y 10 meses

El grupo tiene un nuevo miembro: 2Lucia2.

Hace 1 año y 10 meses
aamy

2 miembros

Angela

1 miembros

Ariana33

1 miembros

Voir la suite